Aperitivo de Fango Azul (a pedido de Lur)

                                 

Del capítulo I (también hay un capítulo 0)

 

 

“Y cada vez peor, y cada vez más rotos.

Y cada vez más tú, y cada vez más yo,

sin rastro de nosotros”

                                                                                                                      Joaquín Sabina

 

I

         Mateo Asturias entró al bar, se acercó a la barra y pidió una cerveza.  El aire viciado llenó rápidamente  sus pulmones y los ojos se acomodaron a la penumbra como en otras oportunidades.  Encendió un cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor sólo para comprobar, sin mayor interés, que el lugar recién abría sus puertas. Una de las cortinas metálicas aun permanecía cerrada pero los cristales ya empañados indicaban que la concurrencia no era escasa. Dos mujeres solas le sonrieron al mismo tiempo desde la mesa del fondo. Con toda probabilidad eran las de siempre, las que podían lo mismo llamarse Ana y Jenny, Claudia y Patricia o Andrea y Francia y preguntar una y otra vez a qué te dedicas, hace cuánto que estás separado, pedir sin pudor dame tu mail, porque el correo es un buen recurso para iniciar el acecho,  y besarte el cuello impunemente dejándote la sensación de presa en remate.  Cerca, un grupo de oficinistas – según dedujo por sus trajes uniformados de corbata suelta y su actitud de relajo obligado- reía a carcajadas en otro sector mientras que uno de ellos introducía una tapa de cerveza entre el suelo y la pata de la mesa para estabilizarla  y evitar cualquier derramamiento del preciado líquido alcohólico. Asiento por medio, casi junto a él, un hombre mayor  apuraba su trago para pedir otro.

 

         Las voces, mezcladas con los ruidos propios del lugar y la música ambiental, formaron una niebla que no logró  cubrir sus pensamientos por completo.

 

         Algo de perverso tiene el estar solo en un lugar público, se dijo, no importa que sea en Santiago de Chile o en cualquier otro sitio en el mundo.  Es como quedar a merced de las circunstancias, enfrentándose deliberadamente y sin protección a la realidad desnuda de la propia existencia.  Y la suya se mostraba confusa, muy confusa.

 

         Era una tarde fría y de buena gana hubiera estado en la cama viendo una película con sus hijos, pero Paula había comenzado una discusión, como siempre, a la hora de la comida. Cuando ella entró a medio vestir, intentó pensar en otra cosa, obviando el tono extremadamente agudo que su mujer usaba para dirigirse a él  y que le estaba resultando, cada vez más desagradable. Si conseguía aislar el zumbido, convertirlo en un moscardón que ronda por un momento y huye, estaría a salvo. Zum-zum-zum, un minuto. Zum-zum-zum, respiración acorde. Zum-zum-zum, paciencia. Zum- zum-zum, ahí viene otra vez. Zum-zum-paf. De golpe, la última frase traspasó todas sus barreras, gatillando una indignación que sólo podía controlar lejos de ella.

 

         “¡No voy a permitir que destruyas mi matrimonio!”, había escupido, mientras sus ojos lo traspasaban con  hielo.

 

         Era ‘su matrimonio’ lo que contaba, nada más. Los sentimientos, las frustraciones, la maldita soledad y las carencias no eran tema. Ante figura y fondo, primaba lo primero. La institución debía mantenerse de pie, ad eternum.

 

– ¿Qué lo trae por aquí? – preguntó su vecino, mirándolo de reojo y, sin esperar respuesta afirmó- seguramente una mujer, todos tenemos una que nos trae de cabeza.

 

         Mateo sonrió al hombre, sin asentir y vació de un trago el contenido de su jarro haciendo un gesto al mesero para que lo volviera a llenar. No tenía intención de hablar con nadie. Había entrado allí para descargar con un poco de alcohol la ira que se apoderaba de él cuando veía amenazada su tranquilidad, situación que últimamente se estaba repitiendo con frecuencia. ¿Cómo había llegado a ese punto?  Aborrecer la presencia de su mujer, gritar en frente de los niños, sentir dolor en la boca del estómago cada vez que llegaba la hora de volver a  casa, no era normal (aunque bien podía serlo en su propio círculo. ¿Cuántos estarían realmente felices donde estaban? A lo mejor también jugaban a la santidad y  su madre también les había dicho  una vez que te casaste te jodiste y a estas alturas de la vida, con tanto hijo,  no te puedes dar el lujo de soñar y de seguro no estaba solo en esto lo que podría ser un consuelo y mal de muchos ya sabemos) pero de pronto todo se tornaba una espiral en la que se hundiría sin remedio de no mediar un cambio en su vida. Si ponía todo en la balanza, pesaba más el desasosiego y la desdicha que los instantes de regocijo o  vida hogareña, aquella que desde pequeño anhelaba imitar al crecer. En casa de sus padres todo era tan fácil. Los buenos momentos se gozaban a diario; contra los malos se luchaba en conjunto, superando los escollos con risas y esfuerzo mancomunado, encontrando siempre una excusa para celebrar al final de la tarde. Pero ¿cuál era el objetivo de seguir adelante cuando todo se derrumbaba inexorablemente? Vivía en una Torre de Babel, sólo que los idiomas fueron distintos desde el inicio de la construcción. Ahora aspiraba a no caer de lo alto mientras se sostenía apenas intentando conservar la armonía de los hijos, dándole una base sólida a su crecimiento, para que llegaran a ser hombres y mujeres de bien como sus padres. ¿Cómo Paula? ¿Cómo él?…. (el resto del capítulo y la novela completa aquí)

5 pensamientos en “Aperitivo de Fango Azul (a pedido de Lur)

  1. me encantó el aperitivo! … de verdad me abrió el apetito, lo que no me sucede con los aperitivos basado en alcohol.
    un abrazo, Mary_cita

  2. Un fragmento excelente este que nos has servido en la barra del bar. Me gusta mucho la atmósfera que has creado y cómo has dibujado con pocos trazos el aire irrespirable de este hombre en su casa a la hora de comer. Te felicito por esta novela. Saludos cordiales.

  3. Me da gusto saber que estàs estrenando novela. Un buen inicio nos has compartido. Espero que llegue por acà.

    Muchas felicidades.

    Abrazos

    G

  4. Mary!, muchas gracias por atender el pedido. Excelente mesera, sirviéndonos un buen “chupito”. Sigo leyendo en este txokito de la barra.

    Muakiis.!

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